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A Ave Mundi Luminar

>> viernes, 4 de septiembre de 2009

He aquí el cuento: A... Bueno, no sé si a los dieciocho, ¿qué más da? Un día cualquiera en que termina la adolescencia. ¿Y cuándo termina la adolescencia? Ah, cuando te pones el pañuelo. Sí, tú mismo te lo pones. Es como esas autoejecuciones sumarísimas: antes de la tortura y después la muerte, prefiero antes la misma muerte, una muerte rápida. Y para ello nada mejor que dársela a uno mismo cuanto antes. Así que te lo pones. Es el pañuelo del rol, de lo que yo debía ser. Es la inercia de todos esos años en que has mamado del pecho generoso de tu particular educación. Un pecho múltiple, claro está, como esos cuadros de figuras desmembradas de los surrealistas, en que un recuento desafortunado ha reunido siete pechos y una pierna solitaria. Todos esos pechos dándote a mamar el veneno, y tú, ¿qué podías esperar con esa ingesta?: ¿la vida? ¡Qué iluso! Y me paseé con esa ceguera creyendo que esa era la vida, y ¡era la de otro! La de un zombi, la de un autómata, la de un maldito androide. Y yo estaba en otra parte, encerrado, encarcelado por mí mismo, de por vida, de la vida, sin "mi" vida.


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