Madrid. Boca de Arenal a Sol. Mayo, 20:30 de la tarde.
La gente se arremolina en un punto. Transeúntes, paseantes, turistas. Hacen un círculo alrededor. Hay música. Es música. Viene más gente. Las personas van ocupando huecos. El grupo de mariachis canta un famoso corrido. Se agrupa un número cada vez mayor de interesados. Se forman varios círculos. Uno interior en el que están los niños y las personas menos altas. Otro detrás, con las más altas. Aún detrás de éstas, hay más gente que intenta ver entre las cabezas de otros espectadores, algunos poniéndose de puntillas. Otros renuncian a forcejear para ver y sólo escuchan. Los mariachis llevan un traje negro de charro en el que brillan hileras de adornos plateados, bordados y charreteras. Grandes sombreros. Con sus guitarras, guitarrón, violines y trompetas, están desgranando el corrido. La gente ha ido a verles al principio movidos por la simple curiosidad y ahora están suspendidos en la canción. El cantante narra la historia con su voz sonora y potente. Los músicos le hacen los coros.
La interpretación termina. Todos aplauden. El cantante da las gracias. Cuando cesan los aplausos algunas personas continúan con su camino. Algunos echan monedas en un gran sombrero. El gran sombrero se va salpicando con una viruela de calderilla. Algunos charros han descansado los instrumentos y tratan de vender cedés con sus interpretaciones a bajo precio. Poca gente los compra. El cantante quiere mantener al público interesado y lanza una llamada.
-¿Alguien desea que interpretemos algo espesial?
Alguien levanta la mano. Es un señor mayor. Saca un billete de veinte.
-¡La Rielera!-¿La Rielera? Vamos a ver.
El cantante se dirige al músico que lleva el guitarrón y parece que le está consultando.
© M. P. Casado.- Junio 2009
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